V I D A     D E     S E M I N A R I O



Ejercicios espirituales
en el Valle de los caídos.

 

14 -19 Sep 2009

El seminario mayor de la Inmaculada y los santos Justo y Pastor de Alcalá de Henares ha estado de ejercicios espirituales del 14 al 19 de septiembre en la hospedería benedictina externa del Valle de los Caídos.

Un excelente clima de oración que nos ha dado la oportunidad de profundizar en la llamada que Dios nos ha hecho para seguirle en la vocación sacerdotal. Durante estos días los seminaristas han subido al Tabor para orar y ver el rostro resplandeciente de Cristo. El lugar era idóneo porque estábamos el plena sierra madrileña. Ha sido aire fresco para los pulmones y para el espíritu antes de comenzar el curso.

Nos dado los ejercicios el sacerdote Miguel Ángel Pardo, junto con el que hemos recorrido el itinerario espiritual de los apóstoles y seguido sus huellas para comprender que hoy, más de 2000 años después, Cristo sigue llamando en las mismas condiciones y con las mismas exigencias y sigue ofreciendo sus mismos dones: Él mismo. El camino de los apóstoles es un luz que muestra la “evolución espiritual normal de la llamada”, lo cual fortalece nuestra fe y nuestra esperanza, y nos exhorta a que nuestro amor a Dios esté por encima de todo.

Cristo ha sido el gran protagonista, porque esta vez le tocaba a hablar a él y a nosotros, escuchar. De esta manera el silencio se convertía en un gran don que Dios ponía a nuestra disposición para poder escucharle cuando Él quisiese hablar. Se nos mostró la actitud esencial para responder: la alabanza, desde una fe en comunión con toda la Iglesia. Solo escucharemos y responderemos si nos dejamos conquistar por alguien más grande que nosotros, ante el que solo cabe alabar.

Dios salva aquí y ahora, su lógica no es la lógica humana, cuenta con nuestra libertad y suple nuestra insuficiencia con su gracia. ¿Podemos todavía poner como excusa nuestra miseria? Dios cuenta con ella, antes que nosotros. Y aun así, está empeñado. ¡Qué grande es Dios! Porque nos quiere asociar a su obra salvadora de una manera única y particular: participando de su sacerdocio. El sacerdote está llamado primero a estar con Cristo, aprender de Él, para poder reproducir en su vida sus mismas actitudes ante el Padre y ante los hombres. Nuestra oración debe ser de intercesión, como la de Moisés. Y para ello nos ha sellado con la prenda de su Espíritu con los sacramentos, y aun más, con la consagración del sacramento del orden. ¿Qué más podemos pedir? Él ha dejado todo bien amarrado, nosotros tenemos que asociarnos a su obra, no Él a la nuestra.

Especialmente se ha puesto de relieve el misterio eucarístico, “el primer gran milagro de su actuar”. Esto debe ser clave en nuestro itinerario de fe tanto como seminaristas como algún día sacerdotes. Nuestra entrega y disponibilidad a la voluntad del Padre, debe ser la misa que la del mismo Cristo, que se dio como víctima expiatoria para la salvación y que es la plenitud del servicio al que nos ha llamado Aquél que sirvió primero. Dios nos asocia a la única mediación de Cristo sacerdote pidiéndonos un corazón puro como el de María; y nos asocia a Cristo buen Pastor para pastorear a su rebaño, disperso por el mundo, siendo Él mismo quien pastorea y quien ofrece el sacrificio digno del Padre.

 Nuestras máximas deben ser: humildad, confianza y entrega a su voluntad para que sea Él quien se muestre a través de nosotros y porque es su designio salvífico para con nosotros dispuesto desde la eternidad. No puede caber otra actitud. Parece cualquier cosa, pero ciertamente es algo importante. Lo grande de todo esto no solo es la obra de Dios, sino que es Dios quien nos confía tan digno servicio a tan indignos siervos. Nos recordaron también que el sacerdote, igual que Cristo se ofreció como víctima, debe ofrecerse él también de la misma manera para perpetuar la redención a lo largo de la historia. El sacerdote está llamado a una intimidad única con el corazón de Cristo sacerdote para que una vez que hemos ido “de nosotros a Jesús” podamos ir “desde Jesús y en Jesús a los demás”. Por tanto, la vida de oración debe ser un requisito indispensable para avanzar en humildad, confianza, entrega y comunión con Él. “Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros” (1Pe 5, 6-7). Cristo invita al sacerdote, ante el fracaso y ante el éxito a compartirlo todo con él. Al fin y al cabo es obra suya, y el hace nuestra su obra: “Traed algunos de los peces que acabáis de pescar” (Jn 21, 10). Tenemos que conocerle, para más amarle y más configurarnos a Él.

El sacerdote está además llamado al celibato, lo cual está implícito en el ser del sacerdote y permite una mayor entrega y adhesión a la misión de Cristo, de la que somos partícipes de modo especial.

Y lo más importante, no podemos separar el sacerdocio de la santidad. La santidad no es sino vivir como vivió Cristo: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre” (Jn 4, 34). El sacerdote custodia un gran tesoro: a Cristo, para poder ofrecerlo a los hombres para su santificación.

Muchos, gracias a estos ejercicios, hemos podido dar un nuevo sí a Cristo. Nos han recordado que ante las palabras de Cristo: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando” (Jn 15, 14). O estas otras: “Quien acoja al que yo envíe, me acoge a mi” (Jn 13, 20). ¿Hasta qué punto estamos llamados a hacerle presente? Lo que queda claro es que es un don y un misterio, pero está más claro aun que Dios es quien consagra por medio de su Espíritu y nos dice: “No temáis, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

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