El pasado sábado 8 de noviembre, tuvimos el primer retiro del curso. Como sabéis cada sábado primero de mes los seminaristas tenemos retiros que dirigen diversos sacerdotes que son invitados para que nos ayuden a meditar sobre determinados temas.
La meditación de este mes trató el tema de la oración sacerdotal. Empezó a las 10 de la mañana con la primera meditación. A la una celebramos la eucaristía y las dos y cuarto comimos en silencio para mantener el clima de oración. Descansamos hasta las cuatro, donde tuvimos la exposición del Santísimo y la segunda meditación seguida de la oración personal hasta las seis donde rezamos vísperas solemnes y acabó este día especialmente íntimo con el Señor.
En las dos meditaciones, Don Santiago nos habló sobre el valor tan importante de la oración católica para todo sacerdote, la cual es intrínseca a él. La forma y el contenido de esta oración nos la enseña Jesús en el evangelio (Jn 17). Es un Don y una gracia, y por eso ese hablar con Dios no tiene límites. Una oración, católica, tiene que tener tres elementos principales e insustituibles como nos dice el catecismo de la Iglesia Católica en el punto 2558: la profesión de fe, la vivencia de esa fe y la celebración de la misma, es decir, tiene que ser martirial, moral y litúrgica. Cumplir esto nos hace exclamar Aba Padre, puesto que sin esa fe, que es gracia, nada somos y nada podemos en la oración, que es la relación viviente y personal de la alianza con la Trinidad.

El sacerdocio de Cristo supera todos los demás que había antes, pues desde la eternidad es el Padre el que ha lo ha ungido como el único sacerdote. Este sacerdocio ontológico se va mostrando en la vida y misión de Jesús. Él ha sido consagrado por el Padre y encuentra su significado en el sacrificio redentor en la Cruz, donde se ofrece como sacerdote y víctima por nuestros pecados. Del mismo modo podemos ver en la oración sacerdotal que seamos nosotros también, consagraos en la verdad, seamos consagrados sacerdotes llegando a decir: yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy
crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí.(Ga2,19-20). También cuando dice que destruirá el templo y lo reconstruirá en tres días, quiere decir que ya no habrá un templo material donde se dirigen las oraciones al Padre, sino un nuevo Templo espiritual, Cristo Sacerdote que es la casa de oración que intercede al Padre por nosotros. La Iglesia entera ora en el Templo de Cristo unido a Él como cabeza y cuerpo o como esposo y esposa. En cuanto nos integramos en la piedra angular, vamos siendo partícipes de su ser y misión sacerdotal, haciéndonos templo en el Templo, pues nos ofrecemos e intercedemos por mediación de Cristo. Esto es para todas las personas bautizadas que son sacerdocio regio o real. La diferencia entre el real y el ministerial se ve en la eucaristía, donde el sacerdote, In Persona Cristi, hace presente el sacrifico redentor y lo ofrece con en nombre de todo el pueblo, sin perder su sacerdocio real, por lo tanto el sacerdote es cuerpo de Cristo respecto a su sacerdocio regio, pero a la vez está a la cabeza por su sacerdocio ministerial, ambos provenientes del único y eterno sacerdocio.
Por último destacó la importancia den la oración como expresión de la vida sacerdotal, pues no hay que tener puesto el corazón en nosotros sino en la salvación de la humanidad. Siempre acompañados de María, nuestra madre que guarda la oración sacerdotal en su corazón y ayuda a los Apóstoles a mantenerla con perseverancia.
Muchas gracias Don Santiago
(Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza) 2Co12,9
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