José Luis
Me llamo José Luis Loriente Pardillo. Soy natural de Morata de Tajuña, un pueblo de nuestra diócesis. Nací el 11 de diciembre de 1981 y fui bautizado en mi Parroquia el 3 de enero de 1982. Soy hijo único.
Crecí en un ambiente religioso aunque mis padres no iban a misa. En un pueblo la religiosidad lo impregna todo, la fe está dentro de la cultura popular. En mi caso respiré la devoción a Ntra. Sra. de la Antigua como el resto de los morateños. De pequeño iba con mi tía a misa y siempre sentí atracción por las cosas que hacía el sacerdote y se hacían en la parroquia. Tanto es así, que mi vocación se pierde en la historia de mi conciencia personal: no recuerdo un tiempo en el que no quisiera ser sacerdote. Al terminar la catequesis y hacer la primera comunión no quise continuar en post-comunión, aunque en seguida me hice monaguillo. Fue a partir de entonces cuando mi vocación fue creciendo al compás del contacto con mi párroco, D. Abilio del Castillo.
Siempre he sido un chico tímido y un poco solitario por carácter. Mi vinculación a la Iglesia desde pequeño no me hizo ningún favor a la hora de relacionarme con los demás. Siempre he tenido un sexto sentido moral que me impedía participar en conversaciones o juegos más o menos comprometidos. Siendo adolescente cuando salía con mis amigos me divertía, pero siempre aspiraba a más: el fin de semana no era el “fin” que movía mi vida. El Domingo (el Día del Señor) sí.
Desde que pude echar una mano en casa ayudé a mi padre en las labores del campo. Estoy orgulloso de haber crecido en medio de una familia trabajadora, donde hay poco tiempo ocioso y donde el esfuerzo se inculca con el ejemplo. Pero en el trabajo yo veía siempre algo más que una cuestión vital: siempre en contacto con la naturaleza y teniendo siempre presente a Dios, que no deja de trabajar en la creación.Ora et labora.
En casa de mis abuelos aprendí la intrahistoria de mi pueblo y luego, cuando ellos se hicieron mayores, nuestra obligación de atender a nuestros miembros más débiles. También mi abuela me enseñó a rezar el rosario y, desde pequeño, me contaba cosas de D. Abrahán Quintanilla, párroco de mi pueblo entre 1939 y 1947. Para mí este sacerdote, al que muchos morateños se encomiendan, fue un ejemplo de amor, de celo pastoral, solicitud por los pobres y perdón en un momento en el que el odio y la discordia cundían. Años más tarde colaboré en una recogida de datos en vistas a la posible apertura de una causa de beatificación de este sacerdote.
Cuando comencé la catequesis de confirmación lo hice con mucha ilusión. Para entonces ya estaba yo muy “metido” en la parroquia. Me confirmé el 31 de mayo de 1998. Quizá no fuese consciente de cuán necesitado estaba del Espíritu Santo. En efecto, al terminar 4º de la ESO quise entrar en el Seminario Menor, pero mis padres se opusieron. Lo mismo ocurriría al terminar el Bachillerato. Ese momento fue quizá el más duro de mi vida. Sin embargo, me lancé con gusto a estudiar la Licenciatura en Filosofía en la UCM.
Desde mi confirmación mis actividades en la parroquia fueron en aumento: catequesis, Cáritas, programa religioso en la radio local, Hoja Parroquial. Pero lo que verdaderamente me sostenía en esos momentos no lo sabía entonces: comenzaba a tener una vida de oración y una formación cristiana que comenzó por la lectura de las Epístolas de San Pablo y siguió por las Encíclicas de Juan Pablo II y algunas obras de teología. En mi vida de oración me ayudó mucho la adoración eucarística que hacían todos los jueves las Franciscanas de la Purísima con motivo del Gran Jubileo del Año 2000 y la existencia de una capilla en la Facultad de Filosofía.
Mis años en la universidad no fueron fáciles. El tiempo se dilataba y había otras ofertas respetables que se contraponían a mi vocación. Por otra parte, la mayoría de los compañeros con los que más me relacionaba eran abiertamente ateos. Nunca me he explicado cómo podían aguantarme (y yo a ellos). Sin embargo, con ellos mantengo una amistad en buena forma aunque nos hayamos distanciado físicamente. Por último, yo procedía de una religiosidad popular, que a mí me había afianzado en la fe, pero ahora empezaba a dar el paso a una vivencia de la fe más reflexiva, a la altura de un universitario.
En la universidad confirmé lo que ya sabía por la lección sobre santo Tomás en las clases de filosofía del instituto: la fe y la razón no se oponen. Esto lo repetía un profesor llamativo y atrayente: Carlos Díaz. Carlos se convirtió para mí mucho más que en un profesor: un maestro y un amigo. Él me abrió la puerta del Personalismo comunitario, una corriente filosófica inaugurada por dos grandes filósofos y creyentes, Maritain y Mounier, y una buena colección de vidas y obras de testigos de la Verdad y del Bien. De la mano de Carlos Díaz comencé a formar parte del Instituto Emmanuel Mounier de España. En mi trabajo intelectual me ayudó también el contacto con los profesores Juan Miguel Palacios y Manuel Cabada, éste último jesuita.
El tiempo iba pasando y yo seguía pensando en el sacerdocio como en el camino que Dios me tenía reservado. Siempre ayudado de mi párroco y también de D. Alberto Andrés seguía viviendo como un estudiante cristiano comprometido pero que iba preparándose para ingresar en el Seminario. A principios de 5º de carrera hubo que pensar en comenzar el Introductorio, para ingresar en el Seminario en el curso 2004-05. No fue fácil darles la noticia a mis padres, así que esperé hasta febrero. Sin duda que ellos sufrieron más que yo. A pesar de las tensiones comprendía que este sufrimiento es fruto y signo de un amor muy grande por el que siempre les estaré agradecido. Y agradecido también porque después de entrar en el Seminario he seguido teniendo padres y hogar y les pido perdón por cuantas veces me he enfadado por su incomprensión.
Que alegría tan grande cuando entré en el Seminario. Que alegría también porque conmigo entraba un amigo de hacía ya muchos años, Ángel Briz. Que hermosos estos años poblados de oración, estudio y experiencias, pero, sobre todo, de compañeros.
Ahora que soy sacerdote no puedo tener más que palabras de agradecimiento. Hacia mis padres y mi familia, porque siempre me he sentido querido junto a ellos. Hacia la diócesis de Alcalá de Henares. Hacia mis amigos, mis formadores, profesores y compañeros de la Facultad de teología “San Dámaso”, la gente de mi pueblo y los sacerdotes y fieles de las parroquias donde he vivido la experiencia pastoral. Son tantos rostros… Especialmente estoy agradecido a mis abuelos Mariano y Poli y mi párroco D. Abilio, que espero se alegren conmigo desde el cielo e intercedan por mí.
Y mi mayor agradecimiento para Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo- y hacia la Santísima Virgen María. A Dios que me ha llamado al sacerdocio, a Dios que me ha dado la vida y hecho cristiano, que me ha llamado al banquete de su Hijo y me ha ungido con su Espíritu. A la Madre de Dios porque nunca me ha dejado de su mano.
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Salmo 115)
“Las misericordias del Señor cada día cantaré” (Salmo 135)
Porque “el Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano”.
(Salmo 15)
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