T E S T I M O N I O S

Fernando

Hola a todos. Me llamo Fernando y soy un sacerdote de 30 años que trabaja en las localidades de Fuentidueña y Villamanrique. Llevo cinco años ejerciendo de sacerdote, pero me gustaría compartir con vosotros la historia de mi vocación y la alegría de ser sacerdote.

Aunque estoy convencido de que Dios ha querido desde siempre que yo sea sacerdote, todo empezó en la adolescencia. Este chico soy yo mismo a la edad de 11 años. Me gustaría ante todo que me creyerais cuando os digo que era un niño absolutamente normal, como otro cualquiera. Me gustaba el fútbol, era algo travieso, quería a mi familia, tenía mis amigos, estudiaba en el colegio… Cuando llegó la edad de elegir, le dije a mis padres que quería estudiar Artes Gráficas: me alejé de los estudios para aprender esa profesión apasionante que te encierra en el mundo del papel, la tinta, la maquinaria de la imprenta y los ordenadores para maquetar las revistas.

Mi madre era catequista, pero creo que sólo lo supe cuando vino a mi casa un sacerdote. Yo estaba a lo mío, y no me había dado ni cuenta de lo que hacía mi madre por las tardes o si iba a Misa. Yo, por supuesto, no iba, como es costumbre en el ambiente de nuestros días. El sacerdote me dijo a mí: “¿quieres ser catequista?” Y le dije que sí. Yo, que había estado de cotilla en el salón para ver lo que le decía el sacerdote a mi madre, me encontraba ya como catequista de la parroquia.

Empecé a ir a Misa los domingos para dar ejemplo a los niños. Iba rescatando lo que me habían enseñado en mi infancia y hacía lo que podía. Me gustaba enseñar, aunque era todavía muy orgulloso y no llevaba una vida piadosa que digamos. Era un adolescente, y algo empezaba a cambiar en mi vida. Me hice amigo del sacerdote y comencé a ir a Misa a diario sólo para ayudarle en el altar. A la salida de Misa solía formarse un coloquio donde todos se saludaban y se preguntaban por sus cosas… y recuerdo que en varias ocasiones salió la conversación de las vocaciones sacerdotales. La gente decía que hacían falta sacerdotes, y que a ver si el Obispo mandaba un sacerdote más a la parroquia.

Al principio no le di importancia a este hecho, pero lo cierto es que no podía dejar de pensar una y otra vez en ello. Pensé que me estaba volviendo loco, no quería aceptar que esto fuera algo objetivo: que Dios me estuviera llamando.

Pero cuando me pregunté si era posible, me sobrevino un miedo que jamás había experimentado. No quería ser sacerdote. Me parecía una vocación muy noble y sacrificada, pero no para mí. Yo quería formar una familia, tener mis propios hijos, yo no había estudiado nunca lo suficiente como para empezar ahora una carrera, era tímido y me daba miedo la idea de ser sacerdote. Me fui a confesar (o mejor: a contar este malentendido) con sacerdotes anónimos y desconocidos. No quería que nadie me metiese dentro del seminario. Cuando me dijo el primero que esto que me ocurría era un síntoma claro de vocación, busqué a otro. Y a otro. Creo que hablé con cuatro sacerdotes y todos me dijeron lo mismo: que era un síntoma de vocación, y que debía leer el Evangelio. Rendido ya, abrí por primera vez en mi vida el Evangelio pensando que allí encontraría respuestas para mi vida. Y las hallé. El Evangelio me habló de que Jesús me conocía y que me quería como sacerdote a pesar de todo, que él iba a estar conmigo, que no me preocupara por lo que iba a comer o a vestir o por lo que tendría que decir: él iba a ayudarme. Todas mis excusas fueron desapareciendo hasta poder decirle al Señor: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Aquel día me di cuenta de que Dios existía de verdad, y me di cuenta de que sería el hombre más feliz de la tierra. Con el sí, entró la fuerza y la alegría en mí, entró el amor. Nunca he sido tan feliz como en aquellos días y en los años que pasé en el seminario. Hoy soy sacerdote, y a pesar de las dificultades que haya podido encontrar en la sociedad, sigo pensando una cosa: Jesús me eligió, y es él quien me ayuda día a día a realizar su misión. Vale la pena decirle que sí.



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