N U E S T R O    O B I S P O

 

08 Jun 2010

En el aprieto me diste anchura. Las cuentas de Dios no son como nuestras cuentas. La aritmética de Dios no es como la nuestra.

En la casa del profeta Elías se pone de manifiesto. Se va a una viuda de Sarepta: las cuentas de Dios se salen del círculo de los elegidos. Primero que  coma él y luego comerán la viuda y su hijo. Hemos de darle a Dios incluso cuando no tenemos para nosotros. Hay que empezar siempre por Dios.

La vida en el seminario puede resultarnos muy monótona. Pero es el tiempo para dárselo todo a Dios. Siempre tenemos la tentación de empezar por nosotros mismos. Para darlo todo hemos de tener una plena adhesión a esta Palabra: primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Todo el proceso de este cenáculo es depositar toda la confianza en el Señor: no anteponer nada a Cristo.

No hay ninguna situación en la que las palabras del Salmo 4 (En el aprieto me diste anchura) dejen de cumplirse. El caso más extremo es Jesús en la cruz, donde la respuesta de Jesucristo es la resurrección y la vida. No hay ninguna situación insuperable para Dios.

Sobre el Evangelio. Empieza el sermón del monte: Vosotros sois la sal de la tierra. Para llevar el sabor del Evangelio al mundo, para conservar el mensaje de salvación. Pero por mucha sal que eches a algo podrido no hace nada. Eso no es lo que nos pide a nosotros el Señor porque solo Él es quien da la resurrección y la vida. A nosotros nos pide que conservemos. Y una de las cosas peores que nos puede ocurrir es que no queriendo ser sal nos conformemos con ser simpáticos para agradar a todos porque cuando uno está herido la sal pica, escuece, duele. Es una gran tentación porque empezarían a hablar mal de nosotros. Esta Palabra la dice después de las Bienaventuranzas que son la Cristología hecha vida, hecha promesa.

Vosotros sois la luz del mundo. No es nuestra luz. Y el Señor quiere darnos su luz para que seamos luz del mundo. No tengáis miedo: ¡qué brille vuestra luz delante de los hombres! No se trata de alardear de buenas obras, sino de no esconder lo que hemos recibido, porque no es solo para nosotros. Que en estos tiempos se vean los pecados de la Iglesia y los escándalos no es malo porque nos escuece y purifica.

Al Papa, lo que le sostiene en estos momentos difíciles de la Iglesia es la oración y no hay momento para acobardarse.

El Señor se ha fiado mucho de nosotros y eso es consolador. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

 

 

 

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