N U E S T R O    O B I S P O

 

02 Mar 2010

“Lavaos y purificaos” “os purificaré de vuestras inmundicias”, son las palabras del profeta. Eso es la obra del Espíritu que se hace en el sacramento de la confesión. Nosotros en nombre del Señor podemos lavar y purificar por este ministerio. Pero eso solo lo puede hacer el Espíritu Santo, pues no solo borra el pecado sino que nos da un corazón nuevo, un corazón puro. Nos prepara para que acudamos contritos a la confesión. El dolor de contrición es lo que debemos pedir.

El enemigo más grande que tenemos y que difícilmente curamos es el fariseo que todos llevamos dentro. Es difícil de curar porque en nosotros reina fácilmente la apariencia. El Señor nos invita a ser los últimos y a no vivir de la apariencia.

Lo que quiere es tu corazón y es el único que lo puede purificar. Decía Juan Pablo II: “el límite del mal es la misericordia de Dios”. Y nosotros podemos decir: yo he encontrado al médico que me ha curado.

 

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