H I S T O R I A

Inauguración del Seminario Diocesano

Monseñor Ureña inaugura el Seminario de Alcalá de Henares
«El Seminario no es para hacer
experimentos»

El pasado sábado fue un día de múltiples inauguraciones para la diócesis complutense: la fachada principal del Palacio, restaurada; la capilla y el altar, que fueron consagrados; el salón de actos y las dependencias diocesanas; las campanas de la catedral y los dos edificios del Seminario. Presidió los actos el arzobispo metropolitano de Madrid, monseñor Rouco, que comenzaron con la Eucaristía en la nueva capilla espiscopal, seguida del acto académico de comienzo de curso, con una brillante lección del Rector de la Pontificia Universidad Lateranense, monseñor Scola, y el discurso del obispo de Alcalá, monseñor Ureña, dando inicio a su Seminario diocesano; también tuvo lugar el juramento de fidelidad del primer Rector, don Ángel Castaño. Estuvieron presentes los obispos de la provincia eclesiástica de Madrid, el arzobispo de Toledo y el obispo Secretario de la Conferencia Episcopal, así como el Consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, el Alcalde de Alcalá y el Vicerrector de la Universidad

Monseñor Manuel Ureña, obispo complutense, habla para Alfa y Omega:

¿Qué siente un obispo al inaugurar su Seminario?
Un inmenso gozo. Para Alcalá, como para cualquier diócesis, la puesta en marcha del Seminario es la realidad más urgente. En la misma Bula de constitución de la diócesis complutense se hablaba de esta urgencia. Si no hay Iglesia sin sacerdotes, tampoco sin Seminario hay sacerdotes. El Seminario es la Escuela de Cristo, que llamó a sus apóstoles, los reunió, les pidió que se quedaran con Él, les dió una catequesis más intensa, y así los preparó. El Seminario, como dice Juan Pablo II, es la actualización de la misma escuela apostólica de Cristo. Por eso el Seminario es el corazón de una diócesis.

No habrá sido nada fácil llegar hasta aquí...
En 1991, cuando fui nombrado obispo de esta diócesis, lo primero en lo que puse mi mirada fue en el proyecto del Seminario. En estos seis años, claro que no ha sido fácil. Hacían falta edificio, formadores y alumnos. Hemos restaurado el Seminario Mayor y hemos adquirido una casa contigua para el Seminario Menor. Ya han terminado sus estudios en Roma los sacerdotes que envié para que ahora puedan ser los formadores, y, en cuanto a los seminaristas, contamos ya con 45 del Mayor y 10 del Menor, que no es un colegio diocesano, sino un verdadero grupo de candidatos al sacerdocio, que han de madurar su vocación.
Pero más allá del esfuerzo, yo mismo no me explico cómo ha sido posible que hayamos podido inaugurar el Seminario. La Providencia ha sido grande con nosotros. Una de sus mediaciones ha sido la archidiócesis de Madrid. Quiero dar públicamente las gracias por esta ayuda al arzobispo de Madrid –antes el cardenal Suquía, y ahora monseñor Rouco– como hijo menor suyo.

¿Cuál es el plan de vida del nuevo Seminario?
Es el marcado por la Iglesia, según sus grandes documentos sobre la formación de los candidatos al sacerdocio: el decreto del Vaticano II Presbyterorum ordinis y la exhortación apostólica Pastores dabo vobis. Sin necesidad de hacer ningún experimento, pues hasta los signos de los tiempos ya están contemplados por la mens Ecclesiae de estos documentos. El Seminario es algo demasiado sagrado como para hacer experimentos. Para su formación académica, estudiarán en la Facultad de Teología San Dámaso, de la archidiócesis. Quiero un Seminario con ambiente espiritual, con tiempo para el estudio, pero en el que no se formen ni teólogos ni frailes, sino pastores, sacerdotes con corazón de pastores, capaces de hacerse, como dice san Pablo, gentiles con los gentiles y judíos con los judíos, uno con todos, complutenses con los complutenses.

¿Qué mensaje dirige a los madrileños, sobre todo a los de su diócesis, en este día?
Que crean en el Seminario. Que esperen en él. Que lo amen. Y, al igual que las Bienaventuranzas no pueden vivirse sin la práctica de los mandamientos, estas tres actitudes no pueden vivirse sin la preocupación y sin la ayuda concreta, tanto implicándose en una pastoral vocacional militante, que no espera a que lleguen las vocaciones, sino que sale al encuentro interpelativo e inquietante de los jóvenes, como hizo el Señor con el apóstol Andrés, como a través de una ayuda económica, tanto para afrontar ahora los enormes gastos de la restauración, que han ascendido a más de 300 millones de pesetas, como a su mantenimiento constante. Sólo las familias de los seminaristas no pueden cargar con el gasto de su formación. Quien no se rasque el bolsillo por el Seminario no cree en él, ni espera nada de él, ni lo ama.

¿No es milagroso que, recién inaugurado el Seminario, hoy ya ordene a nueve sacerdotes?
Mi padre, en la huerta valenciana, solía plantar los melones en distintos sitios, pues si en uno no había cosecha, fácilmente la habría en otro. Yo, en estos años, antes de tener Seminario he tratado también de enviar seminaristas a distintos sitios. Y ahora vienen los frutos.

Tomado de : www.alfayomega.es

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